¿Por qué está la nostalgia de moda entre las marcas?

La nostalgia nos devuelve a lo conocido con emociones y recuerdos positivos.

El formato vinilo, los remakes de Disney, el reencuentro de Friends… Está claro que la nostalgia está de moda, también entre las marcas. Se trata de una tendencia que recupera códigos y recursos visuales de épocas más doradas, pero también valores y estilos de vida.

No importa a qué generación nos dirijamos, la nostalgia funciona en todas las franjas de edad. Nos despierta recuerdos y experiencias pasadas que tocan nuestra parte más emocional. No se trata tanto de que el pasado sea mejor que el presente sino de que, al mirar atrás, solemos quedarnos con lo positivo.

De ahí que sea una táctica de comunicación tan poderosa que aparece y reaparece de forma cíclica entre las marcas, sobre todo en épocas de incertidumbre. Ahora bien, la nostalgia por la nostalgia no siempre es una buena decisión estratégica.

Debemos valorar muy bien desde cada marca si es un movimiento interesante o tan sólo un golpe de efecto. Es decir, si encaja a largo plazo con nuestra ambición de futuro y con los valores que queremos transmitir. Y, en tal caso, si resulta creíble.

Porque no es lo mismo que Burger King regrese a códigos pasados para recuperar los valores de naturalidad y autenticidad, a que una marca como Peugeot traiga de vuelta su logotipo de los 60 cuando debería centrarse en evocar futuro e innovación para encarar la inminente transición tecnológica del sector del automóvil.

La nostalgia funciona, pero no siempre es constructiva. No podemos dirigir las marcas desde una visión cortoplacista que se mueve a volantazos en función de la tendencia imperante en cada momento sino que debemos construir marcas coherentes, que forjen vínculos sólidos con el consumidor.

¿Por qué gana terreno el reutilizar frente al estrenar y el alquilar frente al poseer?

Queremos marcas que sean facilitadoras de experiencias.

Seguramente recuerdes ese eslogan que decía ‘No es lo que tengo es lo que soy’. Y probablemente, nunca esa frase haya sido de más actualidad. Y es que, en este momento, pesan más las experiencias que vivimos con los productos, que los productos en sí mismos.

Un cambio en los hábitos de consumo que se ha visto acelerado por muchos factores como la creciente conciencia medioambiental, la modificación de nuestras prioridades, o el menor poder adquisitivo de la clase media.

Todo esto se traduce en un cierto viraje de la oferta del mercado, donde las marcas de todos los sectores comienzan a repensar su modelo de negocio o, al menos, a plantear alternativas para satisfacer a una audiencia que busca productos que se adapten a su estilo de vida sin que ello suponga renunciar a la sostenibilidad.

Un buen ejemplo de esto es Ikea Rental. La marca sueca ha sabido ver que una parte de su audiencia no busca en su catálogo un mueble para toda la vida sino uno que le resuelva sus necesidades actuales y que pueda cambiar si un día sus necesidades son otras. Pero, además, ha entendido a un público cada vez más concienciado, que ya no está cómodo con el ‘usar y tirar’ y que busca alternativas que le ayuden a ralentizar un ritmo de consumo que compite con su sistema de valores.

Son muchas más las marcas que están respondiendo a este fenómeno, que trae consigo un auge del mercado de ‘segunda mano’ en la industria de la moda o propuestas como el ‘renting’ en el sector del automóvil. Nuevos modelos más comprometidos con la economía circular y que entienden que las marcas, al fin y al cabo, deben ser facilitadoras de experiencias.

¿Por qué tu marca debe contar una historia?

Una marca es un relato del que queremos formar parte.

Los seres humanos conectamos con las historias, con los relatos que creamos ya sea para comprender mejor la realidad en que vivimos o para unirnos en torno a metas comunes.

Porque no olvidemos que una marca es una ficción compartida, un conjunto de significados y percepciones. Por supuesto, detrás de esa ficción tiene que haber una verdad, una base sobre la que se construye esa percepción ya que, de no existir, esa imagen se desvanecerá rápido.

Frente a las historias tradicionales, la narrativa de marca no tiene un final. En su lugar, las marcas evolucionan indefinidamente. Esto exige una constante construcción de la marca, un diálogo continuo con el consumidor, y también un equilibrio entre flexibilidad y coherencia que nos permita adaptarnos al nuevo contexto sin perder nuestra esencia.

Por otro lado, las redes sociales hacen que sea imposible tener un control completo sobre la narrativa de nuestra marca. Hoy, gestionar una marca no es hablar unidireccionalmente sino generar iniciativas y acciones que den pie al público (al externo pero también al interno) a expresarse y, de alguna manera, a hacer suya la marca. Se trata más que de generar conversación e interactuar, de cocrear la marca junto a nuestra audiencia.

En una sociedad tan fragmentada e individualista, el consumidor está ávido de historias inspiradoras que conecten con sus valores y le permitan actuar sobre el mundo a su manera.

La narrativa nos da el poder de convertir nuestra marca en una motivación más allá del producto o servicio que ofrecemos; en un estado de ánimo que inspire un estilo de vida. En definitiva, de construir historias coherentes con nuestra marca que emocionen y movilicen, permitiéndonos perdurar en el tiempo y formar parte del imaginario colectivo.

¿Qué tienen en común las marcas más relevantes del momento?

Escuchan al consumidor y se adaptan desde su valor de marca.

Este último año ha sido un terremoto para toda la sociedad, marcas incluidas. La pandemia no sólo ha tenido un gran impacto económico sino que también ha trastocado la relevancia de las marcas para los consumidores que, de un momento a otro, reevaluaron sus prioridades.

El último Prophet Brand Relevance Index deja claro que las marcas que supieron implicarse verdaderamente haciendo mejor un momento tan difícil salieron reforzadas. Sin embargo, las que no supieron dar respuesta a las nuevas necesidades fueron rápidamente sustituidas por los consumidores, que buscaron otras opciones.

El índice constata que las tecnológicas, como Apple, vivieron un momento dulce en cuanto a relevancia, ya que permitieron la conexión con otras personas en un contexto en el que no era posible relacionarse físicamente. Además, en muchos casos, permitieron el teletrabajo brindando a los usuarios seguridad sanitaria y laboral.

También el entretenimiento vino en muchas ocasiones por este medio. Así, TikTok experimentó el mayor auge durante el confinamiento divirtiendo al público más joven que, más allá de ser espectador, creó y compartió activamente contenido en la plataforma. Pequeñas píldoras de alegría que nos daban un respiro, y que fueron clave para nuestro bienestar emocional.

Pero no sólo nos entretuvimos en las redes sociales o viendo Netflix; también pasamos más tiempo jugando con la familia y los amigos (Lego, Playstation) y recuperamos hobbies como la cocina, lo que además de acabar con la harina de algunos supermercados encumbró a marcas como Amazon o KitchenAid en EEUU.

En este tiempo, también hemos sido más conscientes de la importancia de la salud y el ejercicio físico, muy limitado por las restricciones. Aquí, destacan en primer lugar las marcas que ya estaban apostando por la experiencia digital como Sanitas con blua, su seguro digital. También es el caso de Peloton que, cuando los gimnasios cerraron, mantuvo a sus usuarios activos y conectados entre sí; ganando en relevancia pero también en negocio (prácticamente duplicó las ventas de sus bicicletas y cintas de correr).

Y es que no hay que ser un producto de primera necesidad para lograr relevancia en tiempos difíciles sino comprender al consumidor a través de una escucha activa, ajustando la experiencia de marca para ofrecerle una vivencia enriquecedora que responda a sus nuevas necesidades.

¿Estamos frente a una homogeneización de las marcas?

Marcas con logotipos más uniformes pero con nuevas maneras de destacar.

Hace poco hablábamos de cómo afectaban las tendencias al branding. Hoy queremos abordar el tema de las tendencias desde un fenómeno que llevamos observando los últimos años en el mundo del diseño de marca: la homogeneización de los logotipos en algunos sectores como el de la moda o las apps tecnológicas.

Desde Burberry a Balenciaga, pasando por Yves Saint Laurent, las firmas de moda se han ido alejando de serifas, cuerpos light e itálicas, hasta adoptar un estilo sans-serif en caja alta que de alguna manera uniformiza la industria de la alta costura.

Lo mismo sucede al adentrarnos en el ecosistema de start-ups. Si bien este mundo tiene unas necesidades concretas en términos de usabilidad que hacen de unas soluciones gráficas más idóneas que otras, creemos que hay margen de sobra para dar con una marca personal y distintiva. Basta con mirar el rebranding de Mailchimp para entender que hay vida más allá de los logotipos con tipografía de palo seco.

Y no sólo sucede con grandes marcas, cada vez más existe la sensación de que hay menos variedad en los logotipos. Antes, los diseñadores vivían más aislados del trabajo de los demás, lo que se traducía en más libertad y en propuestas más valientes. Conocer las tendencias nos condiciona, nos hace caer en lo popular, en lo mayoritariamente aceptado. Un fenómeno, el de la homogeneización, que surge en un mundo globalizado e hiperconectado, pero que quizás tenga también que ver con la corriente del ‘branding líquido’ que aboga por otras maneras de generar reconocimiento e influencia de marca.

Porque una cosa es cierta: la percepción de una marca va más allá del logotipo. Podemos ser igual o más diferenciales a través de la narrativa de marca, la dirección de arte, el tratamiento visual y tipográfico, etc.

En todo caso, es vital entender que si no hacemos este esfuerzo y nos dejamos llevar por las tendencias que nos rodean y lo que hace el resto, nos abocaremos a la creación de marcas perecederas y sin significado.

¿Cuánto de tendencia debe tener una identidad visual?

El diseño de las marcas debe trascender las tendencias, pero también aprovecharse de ellas.

El ritmo acelerado en el que vivimos inmersos, hace que muchas tendencias nazcan y mueran también a ese ritmo. Lo que hoy funciona es probable que en unos meses esté obsoleto. Ya no es como antes, cuando imperaba cierta corriente o movimiento de forma más obvia, ahora conviven muchas y muy diferentes tendencias de diseño al mismo tiempo. Por eso resulta tan peligroso confiar el diseño de una marca a una moda meramente estética.

Una máxima del branding es que este sea funcional, pero también es cierto que las marcas no pueden (ni deben) abstraerse por completo de lo que sucede a su alrededor, tendencias incluidas. No debemos olvidar que los códigos visuales apelan al imaginario social y van ligados a una comprensión popular. En este sentido, los conceptos “moderno”, “clásico” o “tecnológico” no son estáticos sino que varían con el momento histórico.

El buen diseño maneja esto con mucha habilidad, encontrando siempre el equilibrio entre la tendencia y los códigos universales, esos que se alejan de la volatilidad del gusto. Un buen diseño de marca encontrará soluciones gráficas actuales y a la vez contendrá esa ‘verdad’ intrínseca a la marca que la hace sólida y diferente de base.

El branding debe abordarse desde una perspectiva a largo plazo y, aunque está bien jugar con las tendencias del momento, debemos saber elegirlas. Hay que trascender a la tendencia o el propio estilo de quien diseña y pensar lo que demanda el proyecto, el sector o el cliente concreto. Antes de guiarnos por una tendencia determinada, debemos plantearnos si ésta es relevante para nuestra categoría, nuestro posicionamiento actual o el grupo de consumidores al que nos dirigimos.

¿Por qué las marcas globales deben hablar local?

Para significar hay que pensar y actuar localmente.

Por primera vez en mucho tiempo la realidad nos ha enfrentado a un problema común, acuciante y global que aunque por un lado nos hace ser más conscientes de nuestra globalidad por otro nos sensibiliza más hacia lo que tenemos cerca.

En este contexto, cobra fuerza lo hiperlocal y como consumidores demandamos marcas que se adapten 100% a nosotros, respondiendo a nuestras expectativas y estilo de vida y que, además, nos ayuden a reforzar la identidad propia que nos distingue en un mundo tan globalizado.

Frente a esto, las grandes marcas deben abordar su estrategia desde un significado global pero matizado localmente, un significado que les permita transmitir autenticidad y seguir siendo relevante en todos los mercados. Porque una marca global que no baja su portafolio y su comunicación a la realidad local se convierte en una marca que habla desde lugares comunes y termina por no significar nada.

Por eso, debemos trabajar sobre un eje identitario común que refleje nuestra personalidad única como marca pero teniendo muy presente aspectos como la madurez de cada mercado, su cultura e idiosincrasia y también la posición competitiva concreta que jugamos en ese lugar.

Las grandes marcas de hoy se dirigen a ciudadanos globales e hiperconectados pero también a comunidades con tradiciones, problemáticas y prioridades diferentes. Las ventajas de una estrategia multilocal están claras pero, ¿serán capaces todas las marcas globales de hacer el esfuerzo organizativo y económico que requiere implantarla?

¿Por qué una palabra hablada vale más que mil palabras?

La voz acerca y transmite verdad.

La encontramos en el sector del entretenimiento con los podcast, en las redes sociales con las notas y los tuits de audio, y en la experiencia de usuario con los asistentes de voz como Siri o Alexa. Vivimos una época dulce para el formato sonoro que, lejos de tocar techo, continúa creciendo.

Pero, ¿qué relación tiene esto con las marcas? Todo indica que mucho. La compra a través de dispositivos y asistentes de voz es una de las claves a futuro del comercio electrónico. Mientras tanto, surgen servicios como el Brand Voice de Amazon Polly que ofrece a las empresas crear una voz personalizada y única con la que interactuar con sus usuarios. Porque de la misma forma que diseñamos su identidad visual, quizás es hora de plantearnos cómo es la voz de nuestra marca: si es grave o aguda, si es joven o adulta, si tiene acento, si habla rápido o si transmite calma.

En un contexto en el que la cercanía y la autenticidad son valores al alza, la voz es un recurso a explotar, y la UX de audio un campo a explorar para las marcas más experienciales.

¿Por qué tantas marcas tecnológicas se apoyan en la ilustración?

La tecnología necesita de la poesía para emocionar.

No sólo Google, también Shopify, Mailchimp o Dropbox… Cada día son más las startups y tecnológicas que apuestan por desarrollar su propio sistema de ilustración de marca para conectar mejor con sus usuarios.

Ya sea con el objetivo de simplificar ideas, humanizar productos digitales, diferenciarse de la competencia, o generar reconocimiento de marca, la ilustración es una herramienta de comunicación vital para las marcas tecnológicas de hoy.

Atrás quedan los iconos literales y se abre paso una ilustración de marca más libre y expresiva que, al igual que las palabras, nos ayuda a modular nuestra personalidad de marca en función de nuestro propósito y nuestra audiencia. Ahora las ilustraciones son mucho más sofisticadas y ya no se limitan a traducir las complejas innovaciones del ingeniero en beneficios para el usuario, sino que conforman todo un lenguaje de marca que transmite nuestra historia de una forma más cercana.

¿Qué les espera a las marcas en 2021?

En un año en el que lo más buscado en Google ha sido «¿Por qué?» nos gustaría cerrar diciembre reduciendo un poco la incertidumbre de cara a 2021 (al menos en términos de branding).

Por eso, os compartimos alguna de las tendencias en las que coinciden gran parte de las principales consultoras y blogs de branding, y aprovechamos para agradecerles que estén siempre ojo avizor a lo que deparará a nuestro sector en el futuro.

El propósito seguirá siendo el faro de las marcas

Más allá del qué, el por qué existe una marca seguirá estando en el centro de la estrategia. Un propósito de marca matizado por el cómo. Estamos en un momento en el que el consumidor ha tomado consciencia del impacto que tiene su elección de consumo para la sociedad, y al que cada vez más le importan los procesos, las procedencias, los trazados, etc. Este año más que nunca, las marcas han de combinar beneficio con impacto social.

Habrá una mayor conciencia ecológica

Como las personas, las marcas cada vez son más conscientes del daño que han causado al medio ambiente nuestros excesos consumistas del pasado. Por eso, este año seguiremos acudiendo a un auge de marcas vinculadas al ‘Movimiento por el clima’ y que pretenden ayudar al consumidor a transitar hacia un estilo de vida más ético y respetuoso.

Los procesos y el backstage de las marcas serán más abiertos

Muy relacionada con los dos puntos anteriores es la tendencia de las marcas hacia la transparencia, la honestidad y la participación. Eliminar la distancia entre lo que decimos y hacemos tiene mucho que ver con utilizar códigos de comunicación más transparentes, pero también con involucrar más a nuestro público en nuestra propia estrategia de marca.

Lo experiencial será la prioridad

En un año marcado por el distanciamiento social, el componente físico y humano ha aumentado exponencialmente su valor. Dentro de lo que se pueda, iremos volviendo a los puntos de venta físicos, donde las marcas buscarán recuperar el lado más sensorial y tangible de su producto. Al mismo tiempo surgirán eventos virtuales que imiten cada vez más la experiencia presencial.

La empatía como valor central

Durante los últimos meses hemos visto cómo, pese a todo, la tecnología no ha sido suficiente para compensar las interacciones en persona. Sin embargo, las marcas que han escuchado y empatizado con nuestros problemas, haciendo lo posible para ayudarnos, han salido reforzadas. En los próximos años, las marcas se irán humanizando todavía más y se alejarán de los rígidos manuales de marca que conocemos.