¿Debemos entender las ciudades como marcas?

La marca-ciudad como herramienta para construir un proyecto que conecte con los de dentro y atraiga a los de fuera.

Abordar las ciudades como marcas nos ayuda a repensarlas y a generar un proyecto de ciudad para el futuro. A establecer un paraguas que les dé coherencia, que respete el imaginario colectivo, pero que consiga llevarlo un paso más allá. Generando sentimiento de comunidad y orgullo de pertenencia a través de una narrativa que atraiga a visitantes y capital exterior, al mismo tiempo que es amable con sus vecinos.

En un contexto tan interconectado y exigente, hoy las ciudades compiten ferozmente entre sí por el talento, el turismo y la inversión. Y aunque uno de sus objetivos es sin duda impulsar la competitividad, es importante no dejar de lado a las audiencias internas. Esto significa competir también en calidad de vida y poner a las personas en el centro de todo.

Porque al fin y al cabo son las personas las que crean prosperidad, las que inician negocios, las que invierten y las que aportan talento. De ahí que cada vez sean más las ciudades que promuevan iniciativas participativas que involucran a la ciudadanía en los procesos de transformación y gestión.

El reto está en construir una narrativa que realmente refleje la idiosincrasia del lugar, una historia que los residentes sientan como propia. La marca-ciudad ha de vertebrar no sólo la comunicación de cara al exterior sino el día a día de la ciudad y su relación con los ciudadanos.

Y es que, aunque su público sea mucho más transversal y heterogéneo las ciudades, como las marcas, deben cuidar sus valores y tener una posición clara respecto a los grandes temas como la sostenibilidad o la salud. Y, de la misma forma, deben saber qué ciudad son hoy y cuál quieren ser mañana. Definir un propósito que les guíe a largo plazo y les ayude a ser la ciudad que sus ciudadanos demandan.

Porque una marca-ciudad, más que un sistema visual bonito y colorido que lucir en banderolas y comunicaciones, debería posicionar a la ciudad y servirle de palanca hacia el futuro.

¿Estamos frente a una homogeneización de las marcas?

Marcas con logotipos más uniformes pero con nuevas maneras de destacar.

Hace poco hablábamos de cómo afectaban las tendencias al branding. Hoy queremos abordar el tema de las tendencias desde un fenómeno que llevamos observando los últimos años en el mundo del diseño de marca: la homogeneización de los logotipos en algunos sectores como el de la moda o las apps tecnológicas.

Desde Burberry a Balenciaga, pasando por Yves Saint Laurent, las firmas de moda se han ido alejando de serifas, cuerpos light e itálicas, hasta adoptar un estilo sans-serif en caja alta que de alguna manera uniformiza la industria de la alta costura.

Lo mismo sucede al adentrarnos en el ecosistema de start-ups. Si bien este mundo tiene unas necesidades concretas en términos de usabilidad que hacen de unas soluciones gráficas más idóneas que otras, creemos que hay margen de sobra para dar con una marca personal y distintiva. Basta con mirar el rebranding de Mailchimp para entender que hay vida más allá de los logotipos con tipografía de palo seco.

Y no sólo sucede con grandes marcas, cada vez más existe la sensación de que hay menos variedad en los logotipos. Antes, los diseñadores vivían más aislados del trabajo de los demás, lo que se traducía en más libertad y en propuestas más valientes. Conocer las tendencias nos condiciona, nos hace caer en lo popular, en lo mayoritariamente aceptado. Un fenómeno, el de la homogeneización, que surge en un mundo globalizado e hiperconectado, pero que quizás tenga también que ver con la corriente del ‘branding líquido’ que aboga por otras maneras de generar reconocimiento e influencia de marca.

Porque una cosa es cierta: la percepción de una marca va más allá del logotipo. Podemos ser igual o más diferenciales a través de la narrativa de marca, la dirección de arte, el tratamiento visual y tipográfico, etc.

En todo caso, es vital entender que si no hacemos este esfuerzo y nos dejamos llevar por las tendencias que nos rodean y lo que hace el resto, nos abocaremos a la creación de marcas perecederas y sin significado.

¿Cuánto de tendencia debe tener una identidad visual?

El diseño de las marcas debe trascender las tendencias, pero también aprovecharse de ellas.

El ritmo acelerado en el que vivimos inmersos, hace que muchas tendencias nazcan y mueran también a ese ritmo. Lo que hoy funciona es probable que en unos meses esté obsoleto. Ya no es como antes, cuando imperaba cierta corriente o movimiento de forma más obvia, ahora conviven muchas y muy diferentes tendencias de diseño al mismo tiempo. Por eso resulta tan peligroso confiar el diseño de una marca a una moda meramente estética.

Una máxima del branding es que este sea funcional, pero también es cierto que las marcas no pueden (ni deben) abstraerse por completo de lo que sucede a su alrededor, tendencias incluidas. No debemos olvidar que los códigos visuales apelan al imaginario social y van ligados a una comprensión popular. En este sentido, los conceptos “moderno”, “clásico” o “tecnológico” no son estáticos sino que varían con el momento histórico.

El buen diseño maneja esto con mucha habilidad, encontrando siempre el equilibrio entre la tendencia y los códigos universales, esos que se alejan de la volatilidad del gusto. Un buen diseño de marca encontrará soluciones gráficas actuales y a la vez contendrá esa ‘verdad’ intrínseca a la marca que la hace sólida y diferente de base.

El branding debe abordarse desde una perspectiva a largo plazo y, aunque está bien jugar con las tendencias del momento, debemos saber elegirlas. Hay que trascender a la tendencia o el propio estilo de quien diseña y pensar lo que demanda el proyecto, el sector o el cliente concreto. Antes de guiarnos por una tendencia determinada, debemos plantearnos si ésta es relevante para nuestra categoría, nuestro posicionamiento actual o el grupo de consumidores al que nos dirigimos.

¿Por qué las marcas globales deben hablar local?

Para significar hay que pensar y actuar localmente.

Por primera vez en mucho tiempo la realidad nos ha enfrentado a un problema común, acuciante y global que aunque por un lado nos hace ser más conscientes de nuestra globalidad por otro nos sensibiliza más hacia lo que tenemos cerca.

En este contexto, cobra fuerza lo hiperlocal y como consumidores demandamos marcas que se adapten 100% a nosotros, respondiendo a nuestras expectativas y estilo de vida y que, además, nos ayuden a reforzar la identidad propia que nos distingue en un mundo tan globalizado.

Frente a esto, las grandes marcas deben abordar su estrategia desde un significado global pero matizado localmente, un significado que les permita transmitir autenticidad y seguir siendo relevante en todos los mercados. Porque una marca global que no baja su portafolio y su comunicación a la realidad local se convierte en una marca que habla desde lugares comunes y termina por no significar nada.

Por eso, debemos trabajar sobre un eje identitario común que refleje nuestra personalidad única como marca pero teniendo muy presente aspectos como la madurez de cada mercado, su cultura e idiosincrasia y también la posición competitiva concreta que jugamos en ese lugar.

Las grandes marcas de hoy se dirigen a ciudadanos globales e hiperconectados pero también a comunidades con tradiciones, problemáticas y prioridades diferentes. Las ventajas de una estrategia multilocal están claras pero, ¿serán capaces todas las marcas globales de hacer el esfuerzo organizativo y económico que requiere implantarla?