¿Por qué las marcas son agentes de cambio social?

Las marcas impactan en el imaginario colectivo.

Es innegable la influencia que ejercen las grandes marcas sobre nuestra forma de pensar y de comportarnos.

Desde que existe la sociedad de consumo las marcas, con su comunicación y sus acciones, han contribuido a modificar percepciones, a normalizar realidades y a fomentar el progreso social en numerosas ocasiones. Hablamos de la incorporación de la mujer al mercado laboral, del matrimonio homosexual, de la urgencia de actuar contra el cambio climático, etc.

Porque las marcas ponen en la palestra productos pero también valores y estilos de vida. Aunque son los consumidores quienes empujan a las marcas a abrazar el cambio, son estas quienes levantan el altavoz y ponen en juego sus recursos.

Las marcas son un fiel reflejo de las sociedades en las que viven y lo que buscan, a fin de cuentas, es que los consumidores se identifiquen con ellas. Se trata de una evolución natural, casi un círculo virtuoso, con marcas más y menos valientes a la hora de poner en marcha acciones y de unirse a la conversación.

Su componente aspiracional motiva y empodera para cambiar las cosas. Aunque sea en pro del consumismo, las marcas nos ‘venden’ que todo está al alcance de cualquiera, vengas de donde vengas. Y eso tiene un gran poder movilizador.

Rompen tabúes, muestran sociedades abiertas, exhiben nuestra mejor cara y, en definitiva, nos dicen que el cambio es posible. Convirtiéndose, en cierta forma, en un motor de evolución social.

¿Por qué está la nostalgia de moda entre las marcas?

La nostalgia nos devuelve a lo conocido con emociones y recuerdos positivos.

El formato vinilo, los remakes de Disney, el reencuentro de Friends… Está claro que la nostalgia está de moda, también entre las marcas. Se trata de una tendencia que recupera códigos y recursos visuales de épocas más doradas, pero también valores y estilos de vida.

No importa a qué generación nos dirijamos, la nostalgia funciona en todas las franjas de edad. Nos despierta recuerdos y experiencias pasadas que tocan nuestra parte más emocional. No se trata tanto de que el pasado sea mejor que el presente sino de que, al mirar atrás, solemos quedarnos con lo positivo.

De ahí que sea una táctica de comunicación tan poderosa que aparece y reaparece de forma cíclica entre las marcas, sobre todo en épocas de incertidumbre. Ahora bien, la nostalgia por la nostalgia no siempre es una buena decisión estratégica.

Debemos valorar muy bien desde cada marca si es un movimiento interesante o tan sólo un golpe de efecto. Es decir, si encaja a largo plazo con nuestra ambición de futuro y con los valores que queremos transmitir. Y, en tal caso, si resulta creíble.

Porque no es lo mismo que Burger King regrese a códigos pasados para recuperar los valores de naturalidad y autenticidad, a que una marca como Peugeot traiga de vuelta su logotipo de los 60 cuando debería centrarse en evocar futuro e innovación para encarar la inminente transición tecnológica del sector del automóvil.

La nostalgia funciona, pero no siempre es constructiva. No podemos dirigir las marcas desde una visión cortoplacista que se mueve a volantazos en función de la tendencia imperante en cada momento sino que debemos construir marcas coherentes, que forjen vínculos sólidos con el consumidor.

¿Por qué tus empleados son tus mejores embajadores de marca?

La marca, más que una herramienta de comunicación, es un marco de comportamiento.

Hoy ser más auténticos significa ser más transparentes y, para poder serlo, nuestra forma de ser y trabajar ha de coincidir con lo que comunicamos hacia fuera.

Y es que, en muchas ocasiones, se empieza a construir la percepción ‘por el tejado’ recurriendo a acciones de comunicación que no se basan en la realidad de la marca.

Las marcas poderosas se construyen de dentro hacia afuera. Por eso, trabajar el compromiso de los empleados es la base para construir una marca fuerte, además de ser un movimiento muy rentable para la empresa.

Los trabajadores comprometidos con la marca tienen un alto impacto sobre la organización, interna y externamente. Ya no es sólo que crean en la visión de la marca sino que ésta los motive y empodere de cara, no sólo a hacer mejor su trabajo y saber transmitirlo, sino a inspirarle a proponer ideas y a innovar dentro de la marca.

Y para eso, hay que empezar directamente en el proceso de selección, buscando candidatos que de entrada estén alineados con la marca. Teniendo en cuenta su formación y expertise pero, sobre todo, sus valores y motivaciones.

Un buen ejemplo de esto es Patagonia, que sólo contrata a gente a quien le guste pasar tiempo al aire libre, candidatos cuyos intereses reflejen el espíritu de la empresa. Una vez dentro los trabajadores tienen la opción de dedicar parte de su jornada laboral al voluntariado en proyectos ambientales. El resultado, una marca fuerte y coherente, con una tasa de rotación de empleados del 4%.

Los empleados son una pieza fundamental para lograr un ambiente y una cultura de trabajo en la que de verdad se respire la promesa de marca. Sólo cuando los valores y el propósito de la marca emanen desde el interior de la compañía seremos capaces de construir una historia de marca creíble.

¿Por qué las marcas nativas digitales están apostando por lo físico?

Las marcas han entendido el valor del contacto físico para conectar y fidelizar a su público.

Tocar el tejido de una prenda, usar un smartphone antes de comprarlo o, simplemente, quedar con alguien para ir de tiendas. Aunque la pandemia ha puesto patas arriba nuestras prioridades de consumo y ha acelerado la digitalización de muchos sectores, también ha revalorizado el contacto y las experiencias reales.

Las marcas se han dado cuenta del potencial del establecimiento físico para activar la promesa de marca y generar un vínculo más profundo con el cliente. De ahí que cada vez sean más las marcas nativas digitales que deciden hacer un movimiento en pro de lo presencial.

Lo vimos en marzo con la llegada de Amazon Go a Londres y lo vemos ahora con la de Google a Nueva York. Pero no sólo las grandes están haciendo este viaje. Startups como Hawkers o Pompeii hace días que decidieron apostar por tener un contacto más directo con su público.

El quid de la cuestión es que estas grandes marcas tienen en mente algo mucho más ambicioso que un punto de venta. Estos espacios planean llevar la innovación tecnológica un paso más allá, acoger workshops y presentaciones de producto, inspirar a los usuarios dejando que experimenten con la marca… En definitiva, crear una comunidad con la que fortalecer los lazos, compartir valores y tener vivencias memorables en torno a su marca.

Sólo hay que entrar en una oficina bancaria cualquiera para darse cuenta de que ahora la experiencia está en el centro del negocio. Y ya no basta con un intercambio sencillo, rápido e intuitivo; eso se da por hecho. Ahora las marcas deben ir más allá para diferenciarse.

Según un estudio de Accenture, casi la mitad de la Generación Y y Z prefieren marcas que los hagan ser parte de algo más grande y que les ayuden a comprometerse con las causas en las que creen.

En cualquier caso, no podemos olvidar que el punto de venta, por experiencial que sea, es sólo un punto de contacto más y que debemos trabajar la marca de forma integral, siendo consistentes y coherentes con nuestra promesa de marca en cada momento que compartamos con el consumidor.

¿Por qué tu marca debe contar una historia?

Una marca es un relato del que queremos formar parte.

Los seres humanos conectamos con las historias, con los relatos que creamos ya sea para comprender mejor la realidad en que vivimos o para unirnos en torno a metas comunes.

Porque no olvidemos que una marca es una ficción compartida, un conjunto de significados y percepciones. Por supuesto, detrás de esa ficción tiene que haber una verdad, una base sobre la que se construye esa percepción ya que, de no existir, esa imagen se desvanecerá rápido.

Frente a las historias tradicionales, la narrativa de marca no tiene un final. En su lugar, las marcas evolucionan indefinidamente. Esto exige una constante construcción de la marca, un diálogo continuo con el consumidor, y también un equilibrio entre flexibilidad y coherencia que nos permita adaptarnos al nuevo contexto sin perder nuestra esencia.

Por otro lado, las redes sociales hacen que sea imposible tener un control completo sobre la narrativa de nuestra marca. Hoy, gestionar una marca no es hablar unidireccionalmente sino generar iniciativas y acciones que den pie al público (al externo pero también al interno) a expresarse y, de alguna manera, a hacer suya la marca. Se trata más que de generar conversación e interactuar, de cocrear la marca junto a nuestra audiencia.

En una sociedad tan fragmentada e individualista, el consumidor está ávido de historias inspiradoras que conecten con sus valores y le permitan actuar sobre el mundo a su manera.

La narrativa nos da el poder de convertir nuestra marca en una motivación más allá del producto o servicio que ofrecemos; en un estado de ánimo que inspire un estilo de vida. En definitiva, de construir historias coherentes con nuestra marca que emocionen y movilicen, permitiéndonos perdurar en el tiempo y formar parte del imaginario colectivo.

¿Por qué el “dime con quién andas y te diré quién eres” es tan importante para tu marca?

Unirse para ganar.

Las marcas son lo que proyectan y, por tanto, no deben controlar sólo lo que son y dicen, sino también lo que hacen. Y sí, también con quién lo hacen.

De ahí que el cobranding sea una herramienta estratégica muy interesante, ya que nos permite asociarnos con otras marcas y beneficiarnos de alguna manera de su imagen, sumando nuevos significados y ampliando el imaginario de nuestra marca.

Esta alianza nos puede ayudar a impactar a un público que de otra manera quedaría fuera de nuestro alcance, pero también a entrar en nuevos mercados o ámbitos de actuación hasta ahora ajenos a nuestra marca.

Hasta aquí todo parece ideal y beneficioso. Sin embargo, debemos saber elegir con quién establecemos esta colaboración para mantener la coherencia de nuestra marca y no generar desconfianza en nuestro público actual. Como diría tu madre, “cuidado con las malas compañías”.

Por ello, es indispensable que la marca con la que nos aliemos comparta nuestros valores y tenga una personalidad “compatible” con la nuestra. Es decir, que esta unión no genere contradicciones y construya con nuestra estrategia de marca a medio y largo plazo.

En definitiva, si no perdemos el control de la colaboración y la planificamos bien, el cobranding es una estrategia muy interesante para destacar en un contexto globalizado y competitivo, pues nos permitirá alcanzar objetivos que individualmente sería mucho más complicado y costoso lograr.

¿Por qué las marcas globales deben hablar local?

Para significar hay que pensar y actuar localmente.

Por primera vez en mucho tiempo la realidad nos ha enfrentado a un problema común, acuciante y global que aunque por un lado nos hace ser más conscientes de nuestra globalidad por otro nos sensibiliza más hacia lo que tenemos cerca.

En este contexto, cobra fuerza lo hiperlocal y como consumidores demandamos marcas que se adapten 100% a nosotros, respondiendo a nuestras expectativas y estilo de vida y que, además, nos ayuden a reforzar la identidad propia que nos distingue en un mundo tan globalizado.

Frente a esto, las grandes marcas deben abordar su estrategia desde un significado global pero matizado localmente, un significado que les permita transmitir autenticidad y seguir siendo relevante en todos los mercados. Porque una marca global que no baja su portafolio y su comunicación a la realidad local se convierte en una marca que habla desde lugares comunes y termina por no significar nada.

Por eso, debemos trabajar sobre un eje identitario común que refleje nuestra personalidad única como marca pero teniendo muy presente aspectos como la madurez de cada mercado, su cultura e idiosincrasia y también la posición competitiva concreta que jugamos en ese lugar.

Las grandes marcas de hoy se dirigen a ciudadanos globales e hiperconectados pero también a comunidades con tradiciones, problemáticas y prioridades diferentes. Las ventajas de una estrategia multilocal están claras pero, ¿serán capaces todas las marcas globales de hacer el esfuerzo organizativo y económico que requiere implantarla?

¿Dónde acaba la persona y empieza la marca?

Una marca es mucho más que la persona que la dirige.

Amancio Ortega y Zara, Richard Branson y Virgin, Elon Musk y Tesla… Son muchos los ejemplos de marcas en las que se mezcla la imagen del CEO con la de la propia marca. Hace unos días conocíamos que Jeff Bezos decidía hacerse a un lado y no continuar siendo el CEO de Amazon, justo cuando la compañía alcanzaba su pico de facturación.

Un movimiento que quizás se deba a un deseo de evolución de la marca, o que a lo mejor sólo pretende desvincular la marca Bezos de la marca Amazon. Porque no cabe duda de la fragilidad que supone para una marca depender de la imagen de una sola persona, por ligada que esta esté a la compañía (recordemos cómo cayeron las acciones de Apple cuando enfermó Steve Jobs).

Desde luego, la existencia de un genio visionario hecho a sí mismo crea un mito alrededor de la compañía que la humaniza, hace sus valores más creíbles, y genera un halo aspiracional del que todos quieren formar parte. Pero pensando a largo plazo, atarse a un personaje (por magnético que éste sea) ¿hasta qué punto es una estrategia recomendable para una marca? ¿Y si está estrategia se construye de abajo arriba- desde los empleados – y no desde el líder?

Porque, sin entrar en polémicas, ¿seguirá valiendo lo mismo la marca Barça cuando ya no esté Messi?

¿Puede una marca ser 100% sostenible?

Primero hacer, después decir

Tendencias y consumidores están empujando a las marcas a crear modelos empresariales sostenibles, que persigan una huella de carbón cero.

Está más que demostrado que  la cultura de lo desechable no se puede sostener y las marcas no pueden mirar hacia otro lado: deben dar pasos firmes hacia innovaciones de producto que aprovechen al máximo los recursos.

En este sentido, hace unos días veíamos el lanzamiento del primer desodorante recargable. Una apuesta valiente por la sostenibilidad que se aleja de las pequeñas iniciativas y gestos greenwashing, y se lanza a reestructurar su negocio con el planeta en mente.

Porque construir una marca verdaderamente sostenible trastoca absolutamente todos los puntos del negocio (materiales, transporte, empleados, proveedores, etc.) y eso implica un gran esfuerzo tanto económico y logístico, como de comunicación. Porque si no comunicamos con transparencia los nuevos procesos, los consumidores no podrán valorar el compromiso real de la marca.

¿Deben las marcas posicionarse políticamente?

El brand love se alcanza arriesgando.

Tras el asalto al Capitolio, algunas redes sociales han silenciado a Trump y otras muchas marcas como FedEx, Hilton, Mastercard o Microsoft, han roto lazos con el discurso del todavía presidente.

Frente a un público más activo y concienciado, y sabedor de su poder e influencia, emergen las llamadas ‘marcas activistas’ que, comprometidas con sus principios y valores como compañía, dedican tiempo y esfuerzo a luchar por las causas que consideran justas.

Si bien hay asuntos con un cierto consenso global y en los que resulta más sencillo mojarse, como la lucha contra el cambio climático o la igualdad, el asunto se complica cuando llevamos el debate a inclinaciones políticas.

La creciente polarización ideológica aumenta el deseo del consumidor de saber si las marcas que compramos están alineadas con nuestra forma de pensar y con nuestros valores. La idea de ‘votar con la cartera’ está en expansión pero, ¿hasta dónde debe llegar el compromiso político de las marcas?