¿Por qué tu marca debe contar una historia?

Una marca es un relato del que queremos formar parte.

Los seres humanos conectamos con las historias, con los relatos que creamos ya sea para comprender mejor la realidad en que vivimos o para unirnos en torno a metas comunes.

Porque no olvidemos que una marca es una ficción compartida, un conjunto de significados y percepciones. Por supuesto, detrás de esa ficción tiene que haber una verdad, una base sobre la que se construye esa percepción ya que, de no existir, esa imagen se desvanecerá rápido.

Frente a las historias tradicionales, la narrativa de marca no tiene un final. En su lugar, las marcas evolucionan indefinidamente. Esto exige una constante construcción de la marca, un diálogo continuo con el consumidor, y también un equilibrio entre flexibilidad y coherencia que nos permita adaptarnos al nuevo contexto sin perder nuestra esencia.

Por otro lado, las redes sociales hacen que sea imposible tener un control completo sobre la narrativa de nuestra marca. Hoy, gestionar una marca no es hablar unidireccionalmente sino generar iniciativas y acciones que den pie al público (al externo pero también al interno) a expresarse y, de alguna manera, a hacer suya la marca. Se trata más que de generar conversación e interactuar, de cocrear la marca junto a nuestra audiencia.

En una sociedad tan fragmentada e individualista, el consumidor está ávido de historias inspiradoras que conecten con sus valores y le permitan actuar sobre el mundo a su manera.

La narrativa nos da el poder de convertir nuestra marca en una motivación más allá del producto o servicio que ofrecemos; en un estado de ánimo que inspire un estilo de vida. En definitiva, de construir historias coherentes con nuestra marca que emocionen y movilicen, permitiéndonos perdurar en el tiempo y formar parte del imaginario colectivo.

¿Deben las marcas posicionarse políticamente?

El brand love se alcanza arriesgando.

Tras el asalto al Capitolio, algunas redes sociales han silenciado a Trump y otras muchas marcas como FedEx, Hilton, Mastercard o Microsoft, han roto lazos con el discurso del todavía presidente.

Frente a un público más activo y concienciado, y sabedor de su poder e influencia, emergen las llamadas ‘marcas activistas’ que, comprometidas con sus principios y valores como compañía, dedican tiempo y esfuerzo a luchar por las causas que consideran justas.

Si bien hay asuntos con un cierto consenso global y en los que resulta más sencillo mojarse, como la lucha contra el cambio climático o la igualdad, el asunto se complica cuando llevamos el debate a inclinaciones políticas.

La creciente polarización ideológica aumenta el deseo del consumidor de saber si las marcas que compramos están alineadas con nuestra forma de pensar y con nuestros valores. La idea de ‘votar con la cartera’ está en expansión pero, ¿hasta dónde debe llegar el compromiso político de las marcas?