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¿Por qué gana terreno el reutilizar frente al estrenar y el alquilar frente al poseer?

Queremos marcas que sean facilitadoras de experiencias.

Seguramente recuerdes ese eslogan que decía ‘No es lo que tengo es lo que soy’. Y probablemente, nunca esa frase haya sido de más actualidad. Y es que, en este momento, pesan más las experiencias que vivimos con los productos, que los productos en sí mismos.

Un cambio en los hábitos de consumo que se ha visto acelerado por muchos factores como la creciente conciencia medioambiental, la modificación de nuestras prioridades, o el menor poder adquisitivo de la clase media.

Todo esto se traduce en un cierto viraje de la oferta del mercado, donde las marcas de todos los sectores comienzan a repensar su modelo de negocio o, al menos, a plantear alternativas para satisfacer a una audiencia que busca productos que se adapten a su estilo de vida sin que ello suponga renunciar a la sostenibilidad.

Un buen ejemplo de esto es Ikea Rental. La marca sueca ha sabido ver que una parte de su audiencia no busca en su catálogo un mueble para toda la vida sino uno que le resuelva sus necesidades actuales y que pueda cambiar si un día sus necesidades son otras. Pero, además, ha entendido a un público cada vez más concienciado, que ya no está cómodo con el ‘usar y tirar’ y que busca alternativas que le ayuden a ralentizar un ritmo de consumo que compite con su sistema de valores.

Son muchas más las marcas que están respondiendo a este fenómeno, que trae consigo un auge del mercado de ‘segunda mano’ en la industria de la moda o propuestas como el ‘renting’ en el sector del automóvil. Nuevos modelos más comprometidos con la economía circular y que entienden que las marcas, al fin y al cabo, deben ser facilitadoras de experiencias.

¿Por qué las marcas nativas digitales están apostando por lo físico?

Las marcas han entendido el valor del contacto físico para conectar y fidelizar a su público.

Tocar el tejido de una prenda, usar un smartphone antes de comprarlo o, simplemente, quedar con alguien para ir de tiendas. Aunque la pandemia ha puesto patas arriba nuestras prioridades de consumo y ha acelerado la digitalización de muchos sectores, también ha revalorizado el contacto y las experiencias reales.

Las marcas se han dado cuenta del potencial del establecimiento físico para activar la promesa de marca y generar un vínculo más profundo con el cliente. De ahí que cada vez sean más las marcas nativas digitales que deciden hacer un movimiento en pro de lo presencial.

Lo vimos en marzo con la llegada de Amazon Go a Londres y lo vemos ahora con la de Google a Nueva York. Pero no sólo las grandes están haciendo este viaje. Startups como Hawkers o Pompeii hace días que decidieron apostar por tener un contacto más directo con su público.

El quid de la cuestión es que estas grandes marcas tienen en mente algo mucho más ambicioso que un punto de venta. Estos espacios planean llevar la innovación tecnológica un paso más allá, acoger workshops y presentaciones de producto, inspirar a los usuarios dejando que experimenten con la marca… En definitiva, crear una comunidad con la que fortalecer los lazos, compartir valores y tener vivencias memorables en torno a su marca.

Sólo hay que entrar en una oficina bancaria cualquiera para darse cuenta de que ahora la experiencia está en el centro del negocio. Y ya no basta con un intercambio sencillo, rápido e intuitivo; eso se da por hecho. Ahora las marcas deben ir más allá para diferenciarse.

Según un estudio de Accenture, casi la mitad de la Generación Y y Z prefieren marcas que los hagan ser parte de algo más grande y que les ayuden a comprometerse con las causas en las que creen.

En cualquier caso, no podemos olvidar que el punto de venta, por experiencial que sea, es sólo un punto de contacto más y que debemos trabajar la marca de forma integral, siendo consistentes y coherentes con nuestra promesa de marca en cada momento que compartamos con el consumidor.

¿Debemos entender las ciudades como marcas?

La marca-ciudad como herramienta para construir un proyecto que conecte con los de dentro y atraiga a los de fuera.

Abordar las ciudades como marcas nos ayuda a repensarlas y a generar un proyecto de ciudad para el futuro. A establecer un paraguas que les dé coherencia, que respete el imaginario colectivo, pero que consiga llevarlo un paso más allá. Generando sentimiento de comunidad y orgullo de pertenencia a través de una narrativa que atraiga a visitantes y capital exterior, al mismo tiempo que es amable con sus vecinos.

En un contexto tan interconectado y exigente, hoy las ciudades compiten ferozmente entre sí por el talento, el turismo y la inversión. Y aunque uno de sus objetivos es sin duda impulsar la competitividad, es importante no dejar de lado a las audiencias internas. Esto significa competir también en calidad de vida y poner a las personas en el centro de todo.

Porque al fin y al cabo son las personas las que crean prosperidad, las que inician negocios, las que invierten y las que aportan talento. De ahí que cada vez sean más las ciudades que promuevan iniciativas participativas que involucran a la ciudadanía en los procesos de transformación y gestión.

El reto está en construir una narrativa que realmente refleje la idiosincrasia del lugar, una historia que los residentes sientan como propia. La marca-ciudad ha de vertebrar no sólo la comunicación de cara al exterior sino el día a día de la ciudad y su relación con los ciudadanos.

Y es que, aunque su público sea mucho más transversal y heterogéneo las ciudades, como las marcas, deben cuidar sus valores y tener una posición clara respecto a los grandes temas como la sostenibilidad o la salud. Y, de la misma forma, deben saber qué ciudad son hoy y cuál quieren ser mañana. Definir un propósito que les guíe a largo plazo y les ayude a ser la ciudad que sus ciudadanos demandan.

Porque una marca-ciudad, más que un sistema visual bonito y colorido que lucir en banderolas y comunicaciones, debería posicionar a la ciudad y servirle de palanca hacia el futuro.

¿Por qué es importante el buen diseño en ‘lo público’?

La Administración debe servir a la ciudadanía en fondo y forma.

Si el diseño y la buena comunicación son herramientas efectivas, y más que extendidas, en el entorno empresarial, ¿por qué no se utilizan también en el sector público?

Sólo hay que observar las polémicas que se dan cada vez que algo público se rediseña, con mejor o peor acierto, para darse cuenta de que son muchos los que consideran el diseño como algo meramente estético. Un elemento artístico y accesorio para el que no se debería destinar dinero público.

Frente a esa percepción, hay que explicar que el diseño es mucho más y que, bien utilizado, es una herramienta muy potente para una administración que además de gestionar debe saber comunicar eficazmente tanto lo que hace como las consecuencias que su gestión tiene sobre la gente.

Porque un buen diseño va más allá de dar con una pieza bonita y creativa. Un buen diseño impacta al público al que se dirige aumentado la eficacia de la comunicación. Un buen diseño modula el tono y el lenguaje facilitando la comprensión y conectando emocionalmente. Un buen diseño hace que los trámites sean intuitivos y accesibles para todos los colectivos más allá de su nivel sociocultural. En definitiva, un buen diseño reduce la distancia entre ciudadanía y administración.

Porque, tal y como afirma Louise Downe, la antigua Directora de Diseño del Gobierno de Reino Unido, el ciudadano es un usuario y no un cliente y, a diferencia de éste, al ciudadano no le queda otra que lidiar día tras día con los servicios gubernamentales.

Por eso, resulta imprescindible un rediseño de la Administración que, de una vez por todas, acerque la gestión pública a la calle, facilite la realización de los trámites burocráticos, alimente la participación política y, por encima de todo, empodere al ciudadano.

¿Por qué tu marca debe contar una historia?

Una marca es un relato del que queremos formar parte.

Los seres humanos conectamos con las historias, con los relatos que creamos ya sea para comprender mejor la realidad en que vivimos o para unirnos en torno a metas comunes.

Porque no olvidemos que una marca es una ficción compartida, un conjunto de significados y percepciones. Por supuesto, detrás de esa ficción tiene que haber una verdad, una base sobre la que se construye esa percepción ya que, de no existir, esa imagen se desvanecerá rápido.

Frente a las historias tradicionales, la narrativa de marca no tiene un final. En su lugar, las marcas evolucionan indefinidamente. Esto exige una constante construcción de la marca, un diálogo continuo con el consumidor, y también un equilibrio entre flexibilidad y coherencia que nos permita adaptarnos al nuevo contexto sin perder nuestra esencia.

Por otro lado, las redes sociales hacen que sea imposible tener un control completo sobre la narrativa de nuestra marca. Hoy, gestionar una marca no es hablar unidireccionalmente sino generar iniciativas y acciones que den pie al público (al externo pero también al interno) a expresarse y, de alguna manera, a hacer suya la marca. Se trata más que de generar conversación e interactuar, de cocrear la marca junto a nuestra audiencia.

En una sociedad tan fragmentada e individualista, el consumidor está ávido de historias inspiradoras que conecten con sus valores y le permitan actuar sobre el mundo a su manera.

La narrativa nos da el poder de convertir nuestra marca en una motivación más allá del producto o servicio que ofrecemos; en un estado de ánimo que inspire un estilo de vida. En definitiva, de construir historias coherentes con nuestra marca que emocionen y movilicen, permitiéndonos perdurar en el tiempo y formar parte del imaginario colectivo.

¿Qué tienen en común las marcas más relevantes del momento?

Escuchan al consumidor y se adaptan desde su valor de marca.

Este último año ha sido un terremoto para toda la sociedad, marcas incluidas. La pandemia no sólo ha tenido un gran impacto económico sino que también ha trastocado la relevancia de las marcas para los consumidores que, de un momento a otro, reevaluaron sus prioridades.

El último Prophet Brand Relevance Index deja claro que las marcas que supieron implicarse verdaderamente haciendo mejor un momento tan difícil salieron reforzadas. Sin embargo, las que no supieron dar respuesta a las nuevas necesidades fueron rápidamente sustituidas por los consumidores, que buscaron otras opciones.

El índice constata que las tecnológicas, como Apple, vivieron un momento dulce en cuanto a relevancia, ya que permitieron la conexión con otras personas en un contexto en el que no era posible relacionarse físicamente. Además, en muchos casos, permitieron el teletrabajo brindando a los usuarios seguridad sanitaria y laboral.

También el entretenimiento vino en muchas ocasiones por este medio. Así, TikTok experimentó el mayor auge durante el confinamiento divirtiendo al público más joven que, más allá de ser espectador, creó y compartió activamente contenido en la plataforma. Pequeñas píldoras de alegría que nos daban un respiro, y que fueron clave para nuestro bienestar emocional.

Pero no sólo nos entretuvimos en las redes sociales o viendo Netflix; también pasamos más tiempo jugando con la familia y los amigos (Lego, Playstation) y recuperamos hobbies como la cocina, lo que además de acabar con la harina de algunos supermercados encumbró a marcas como Amazon o KitchenAid en EEUU.

En este tiempo, también hemos sido más conscientes de la importancia de la salud y el ejercicio físico, muy limitado por las restricciones. Aquí, destacan en primer lugar las marcas que ya estaban apostando por la experiencia digital como Sanitas con blua, su seguro digital. También es el caso de Peloton que, cuando los gimnasios cerraron, mantuvo a sus usuarios activos y conectados entre sí; ganando en relevancia pero también en negocio (prácticamente duplicó las ventas de sus bicicletas y cintas de correr).

Y es que no hay que ser un producto de primera necesidad para lograr relevancia en tiempos difíciles sino comprender al consumidor a través de una escucha activa, ajustando la experiencia de marca para ofrecerle una vivencia enriquecedora que responda a sus nuevas necesidades.

¿Por qué el “dime con quién andas y te diré quién eres” es tan importante para tu marca?

Unirse para ganar.

Las marcas son lo que proyectan y, por tanto, no deben controlar sólo lo que son y dicen, sino también lo que hacen. Y sí, también con quién lo hacen.

De ahí que el cobranding sea una herramienta estratégica muy interesante, ya que nos permite asociarnos con otras marcas y beneficiarnos de alguna manera de su imagen, sumando nuevos significados y ampliando el imaginario de nuestra marca.

Esta alianza nos puede ayudar a impactar a un público que de otra manera quedaría fuera de nuestro alcance, pero también a entrar en nuevos mercados o ámbitos de actuación hasta ahora ajenos a nuestra marca.

Hasta aquí todo parece ideal y beneficioso. Sin embargo, debemos saber elegir con quién establecemos esta colaboración para mantener la coherencia de nuestra marca y no generar desconfianza en nuestro público actual. Como diría tu madre, “cuidado con las malas compañías”.

Por ello, es indispensable que la marca con la que nos aliemos comparta nuestros valores y tenga una personalidad “compatible” con la nuestra. Es decir, que esta unión no genere contradicciones y construya con nuestra estrategia de marca a medio y largo plazo.

En definitiva, si no perdemos el control de la colaboración y la planificamos bien, el cobranding es una estrategia muy interesante para destacar en un contexto globalizado y competitivo, pues nos permitirá alcanzar objetivos que individualmente sería mucho más complicado y costoso lograr.

¿Estamos frente a una homogeneización de las marcas?

Marcas con logotipos más uniformes pero con nuevas maneras de destacar.

Hace poco hablábamos de cómo afectaban las tendencias al branding. Hoy queremos abordar el tema de las tendencias desde un fenómeno que llevamos observando los últimos años en el mundo del diseño de marca: la homogeneización de los logotipos en algunos sectores como el de la moda o las apps tecnológicas.

Desde Burberry a Balenciaga, pasando por Yves Saint Laurent, las firmas de moda se han ido alejando de serifas, cuerpos light e itálicas, hasta adoptar un estilo sans-serif en caja alta que de alguna manera uniformiza la industria de la alta costura.

Lo mismo sucede al adentrarnos en el ecosistema de start-ups. Si bien este mundo tiene unas necesidades concretas en términos de usabilidad que hacen de unas soluciones gráficas más idóneas que otras, creemos que hay margen de sobra para dar con una marca personal y distintiva. Basta con mirar el rebranding de Mailchimp para entender que hay vida más allá de los logotipos con tipografía de palo seco.

Y no sólo sucede con grandes marcas, cada vez más existe la sensación de que hay menos variedad en los logotipos. Antes, los diseñadores vivían más aislados del trabajo de los demás, lo que se traducía en más libertad y en propuestas más valientes. Conocer las tendencias nos condiciona, nos hace caer en lo popular, en lo mayoritariamente aceptado. Un fenómeno, el de la homogeneización, que surge en un mundo globalizado e hiperconectado, pero que quizás tenga también que ver con la corriente del ‘branding líquido’ que aboga por otras maneras de generar reconocimiento e influencia de marca.

Porque una cosa es cierta: la percepción de una marca va más allá del logotipo. Podemos ser igual o más diferenciales a través de la narrativa de marca, la dirección de arte, el tratamiento visual y tipográfico, etc.

En todo caso, es vital entender que si no hacemos este esfuerzo y nos dejamos llevar por las tendencias que nos rodean y lo que hace el resto, nos abocaremos a la creación de marcas perecederas y sin significado.

¿Qué pueden hacer las marcas por el feminismo?

Construir el modelo de sociedad en el que queremos vivir.

Las marcas son un reflejo de la realidad social en la que vivimos pero también son un motor de cambio. La publicidad, el branding y la comunicación tienen un rol importantísimo a la hora de normalizar e implantar los cambios sociales que emergen en nuestras sociedades.

Aunque detrás de esto siempre hay cierto interés comercial, no podemos subestimar el poder y la influencia de las marcas sobre el conjunto de la población, tanto a la hora de reforzar estereotipos como a la hora de romperlos.

Las marcas y los productos forman parte de nuestro día a día y por eso es tan urgente que, como consultores, diseñadores y comunicadores, aprendamos a identificar los sesgos que existen en el sistema y tratemos de corregirlos. Ser conscientes de cuestiones como que la mayoría de los asistentes de voz son mujeres, o que la ergonomía de los automóviles está pensada para la comodidad y seguridad del cuerpo masculino es el primer paso para replantearnos qué debemos rediseñar para tener el tipo de sociedad que queremos.

Porque si bien hay un sector de marcas que sólo busca subirse al carro de un movimiento de masas muy rentable a través de pequeños gestos meramente estéticos y oportunistas, también encontramos ejemplos de marcas realmente comprometidas que entienden que la relevancia y el impacto real pasan por actuar.

Una acción que puede materializarse de distintas maneras: desde la actitud, empoderando a las mujeres; desde la información, dándoles visibilidad y herramientas; pero sobre todo desde el diseño, incluyéndolas en la toma de decisiones.

Porque aunque está muy bien vernos protagonizar spots y anuncios igualitarios, está mucho mejor vernos dirigiendo esas campañas, presidiendo compañías, siendo referentes.

Porque el presente que diseñamos da forma al futuro que seremos.

¿Cuánto de tendencia debe tener una identidad visual?

El diseño de las marcas debe trascender las tendencias, pero también aprovecharse de ellas.

El ritmo acelerado en el que vivimos inmersos, hace que muchas tendencias nazcan y mueran también a ese ritmo. Lo que hoy funciona es probable que en unos meses esté obsoleto. Ya no es como antes, cuando imperaba cierta corriente o movimiento de forma más obvia, ahora conviven muchas y muy diferentes tendencias de diseño al mismo tiempo. Por eso resulta tan peligroso confiar el diseño de una marca a una moda meramente estética.

Una máxima del branding es que este sea funcional, pero también es cierto que las marcas no pueden (ni deben) abstraerse por completo de lo que sucede a su alrededor, tendencias incluidas. No debemos olvidar que los códigos visuales apelan al imaginario social y van ligados a una comprensión popular. En este sentido, los conceptos “moderno”, “clásico” o “tecnológico” no son estáticos sino que varían con el momento histórico.

El buen diseño maneja esto con mucha habilidad, encontrando siempre el equilibrio entre la tendencia y los códigos universales, esos que se alejan de la volatilidad del gusto. Un buen diseño de marca encontrará soluciones gráficas actuales y a la vez contendrá esa ‘verdad’ intrínseca a la marca que la hace sólida y diferente de base.

El branding debe abordarse desde una perspectiva a largo plazo y, aunque está bien jugar con las tendencias del momento, debemos saber elegirlas. Hay que trascender a la tendencia o el propio estilo de quien diseña y pensar lo que demanda el proyecto, el sector o el cliente concreto. Antes de guiarnos por una tendencia determinada, debemos plantearnos si ésta es relevante para nuestra categoría, nuestro posicionamiento actual o el grupo de consumidores al que nos dirigimos.