Hoy es la narrativa visual, verbal y experiencial la que define la identidad de marca.
Apple, McDonalds o Starbucks pueden prescindir de su logotipo, incluso de su nombre, en una pieza gráfica sin perder por ello reconocimiento de marca. Sin embargo, para una marca nueva tanto el naming como el logotipo resultan claves para que el consumidor le identifique. Como casi siempre, todo depende de la realidad de cada marca.
La evolución de la imagen de Mastercard es un ejemplo de ello. En su último rebranding la marca decidió llevar a la mínima expresión su identidad visual, con un logotipo reducido a dos círculos entrelazados.
MUJI, la marca minimalista por excelencia, hizo de esto su gran valor. Nació como una marca blanca pura, con productos básicos pero de calidad y sin logotipo visible. Una marca tan democrática que no era de nadie y era de todos.
Al otro lado del espectro nos encontramos a Supreme, una marca exageradamente logocentrista con productos de diseño mainstream pero exclusivos gracias, entre otras cosas,a sus constantes colaboraciones y a una estrategia de bajo stock.
Y es que hay muchas formas de construir marca más allá del logotipo y de la identidad visual. El bote de Heinz, el ‘Just do it’ de Nike, el que escriban tu nombre en un vaso de Starbucks… No importa si es a través del packaging, del tono, o de la atención al cliente, al final de lo que se trata es de diferenciarnos de nuestro entorno competitivo y de hacernos un hueco en la mente del consumidor.